Cuando una persona decide trabajar en conservación de fauna silvestre tiene que atravesar varios obstáculos, como la falta de recursos económicos, el escaso apoyo de fondos para investigación o la complejidad de trabajar con especies de muy difícil detección, entre muchas otras. Pero existe una dificultad fundamental y poco valorada, que corresponde a la dificultad de derribar barreras impuestas por las personas hacia los animales, reflejado en una percepción negativa hacia algunos de ellos.
Día a día los que trabajamos con fauna silvestre debemos dar explicaciones acerca del por qué trabajar con especies “feas”, “sucias”, “de mala suerte” o “sin utilidad”, calificaciones impuestas por la historia, la religión, las creencias y el traspaso de información entre las personas.
Es muy común escuchar aseveraciones erróneas, como por ejemplo que algunos sapitos te contagian las verrugas, que el canto de un concón trae mala suerte, que los murciélagos son ratones con alas o que los roedores son inmundos. Pero ¿de dónde viene todo esto? Al indagar en la literatura, es fácil detectar un fundamento cultural, histórico o religioso. Es posible al revisar escritos de la Biblia encontrar palabras poco amables hacia ciertos animales, tratándolos de sucios, desagradables o de vaticinar malos augurios. Las personas están convencidas de que los ratones causan mucho daño producto de la historia asociada a la peste bubónica o a la información alarmante de los medios de comunicación respecto al virus Hanta. Cuántos de nosotros hemos escuchado a edad escolar, incluso de parte de nuestros profesores, que los murciélagos son ratones alados o que al tocar un anfibio nuestra piel reacciona llenándose de verrugas. Por esta información errónea es necesario romper estas barreras y desmitificar estas aseveraciones.
Resulta fundamental aclarar que todos los seres vivos, y en particular nuestra fauna silvestre, tienen un valor inherente, lo que significa que son valiosos sólo por el hecho de existir. Aunque al mencionarlo parece algo obvio, esto no lo es en la práctica ya que muchas personas matan roedores, anfibios o murciélagos sólo por miedo o por las creencias que ya mencionamos, sin detenerse a pensar si existen especies amenazadas, endémicas o con características únicas en el planeta.
En adición a lo ya mencionado, estos animales poco comprendidos nos proveen de servicios ecosistémicos siendo dispersores de semillas, polinizadores, controladores de plagas de insectos o fuente de alimentación en las cadenas tróficas. ¿Qué sería de Chile y de los millones de dólares que año a año genera el turismo y las visitas a áreas silvestres protegidas si no existieran roedores silvestres, anfibios o murciélagos? Seguramente no tendríamos la posibilidad de admirar y disfrutar los bosques, los ecosistemas estarían alterados con presencia de plagas o falta de alimento y no sería posible fotografiar a especies carismáticas como el puma, el pudú o el huemul, ya que no tendrían un hábitat adecuado y no tendrían alimento disponible.
Por ello, desde CicloFauna proponemos derribar los prejuicios y dar pie a una educación ambiental de calidad para todas las edades. Nuestra fauna tiene características muy singulares, poseemos un alto nivel de endemismo y especies únicas en el mundo. Es por ello que los invitamos a conocer, para luego valorar y romper los paradigmas en pro de la conservación de nuestra fauna y la sostenibilidad de los recursos naturales. Aún estamos a tiempo de unirnos y proteger nuestro planeta.
CicloFauna, Mayo 2026.
